La justicia de Dios y su relación con la gracia: Revisitando el sentido de "Hosios" como expresión de Jesed
La justicia de Dios y su relación con la gracia: Revisitando el sentido de "Hosios" como expresión de Jesed
¿Es posible que muchos de nosotros hayamos pasado por alto una dimensión crucial de la justicia divina al interpretar ciertos términos bíblicos desde una perspectiva inadecuada? En la vida cristiana, a menudo nos encontramos con la necesidad de precisar el sentido de las palabras que la Escritura utiliza para describir el carácter de Dios. La justicia, la gracia, la santidad, la fidelidad, la misericordia: todas estas realidades se entrelazan íntimamente, y sin embargo, podemos llegar a confundidas conclusiones si no prestamos atención a los matices de los términos originales.
Una pregunta que quizá no muchos creyentes se han planteado es: ¿Cómo entendemos el término griego “hosios” en la Septuaginta (LXX)? Por lo general, algunos lectores, influidos por la teología posterior, las traducciones latinas (Vulgata) o la mentalidad del griego clásico, han tomado “hosios” como sinónimo de “santidad” en el sentido de “kadosh” (santo). Sin embargo, en las Escrituras griegas del Antiguo Testamento (la LXX), la palabra “hosios” no se utiliza con el sentido de “santo” en el molde de “kadosh”, sino más bien para expresar la idea hebrea de “jesed”: la fidelidad, la misericordia amorosa y la lealtad relacional.
Este matiz, aparentemente técnico, tiene implicaciones teológicas profundas. Comprender el verdadero sentido de “hosios” nos ayuda a ver que la justicia de Dios no se reduce a un mero aspecto legalista o a la noción abstracta de una santidad intocable, sino que se entreteje con su amor leal, su integridad y su coherencia interna. Así, la justicia divina se entiende no solo como un atributo estático, sino como la expresión redentora y restauradora del Dios que es fiel a sí mismo, a su Hijo, a su Espíritu, y a aquellos que, estando en Cristo, participan de esa relación eterna.
A lo largo de este artículo, exploraremos el término “hosios” en la LXX, argumentando que su verdadero sentido refleja “jesed” (la misericordia amorosa y fiel) y no “kadosh” (santidad separada), y cómo esta comprensión impacta en nuestra visión de la justicia de Dios. Nos adentraremos en pasajes bíblicos, reflexionaremos sobre la experiencia del pueblo de Dios y aplicaremos estas verdades a la vida cristiana hoy. Así, descubriremos que la justicia de Dios, íntimamente ligada a su gracia, se manifiesta como una fuerza redentora, restauradora, sustentada en la fidelidad divina que protege y bendice a Sus hijos. Y, en consecuencia, veremos que la ira divina no es el centro, sino un efecto colateral ante quienes se oponen a esta obra amorosa de redención.
1. Revisitando “Hosios”: Diferenciándolo de “Kadosh” y Entendiéndolo como “Jesed”
En el mundo de la exégesis bíblica, la precisión léxica es fundamental. Cuando se trata del Antiguo Testamento, la LXX constituye una herramienta valiosa, pues traduce el hebreo al griego y nos muestra cómo los judíos helenísticos entendían los términos clave. Uno de los errores más comunes es asumir que “hosios” en la LXX significa “santo” (en el sentido de “kadosh”) solo porque esa palabra puede tener connotaciones religiosas en el griego clásico. Sin embargo, un análisis detenido revela que la LXX no emplea “hosios” para transmitir la idea central de kadosh (separado, consagrado), sino para evocar la idea hebrea de “jesed”: misericordia fiel, bondad amorosa, lealtad pactal.
¿Por qué es esto importante? “Kadosh” en hebreo está fuertemente asociado con la idea de separación, de algo consagrado y distinto, que no puede mezclarse con lo común. Es un atributo fundamental de Dios, sin duda, pero no es la palabra que la LXX suele traducir como “hosios”. Por el contrario, “hosios” aparece allí donde el texto hebreo habla del amor leal, del acto fiel de cumplir las promesas, de la piedad devocional y la compasión firme basada en la relación establecida por Dios. Por ejemplo, cuando la LXX traduce pasajes donde se menciona la “misericordia” o la “fidelidad” de Dios (jesed), a menudo emplea “hosios” o un derivado, trasladando así el énfasis del término no hacia la santidad separada, sino hacia la lealtad amorosa.
Se podría preguntar: ¿por qué se ha arraigado la idea de que “hosios” significa “santo” en el sentido de “kadosh”? Gran parte de la confusión proviene de la influencia posterior de la Vulgata latina y del entendimiento grecorromano. La Vulgata, al ver “hosios”, a menudo lo asocia con “sanctus” en latín, ajustándolo a un marco de referencia diferente. Esto, con el tiempo, infiltró el pensamiento teológico cristiano occidental, dificultando la recuperación del sentido original. Sin embargo, la LXX, que precede a la Vulgata, no muestra este patrón. Allí, “hosios” jamás se equipara a “kadosh” en su carga semántica, sino que transmite una idea de devoción fiel, tierna y compasiva: jesed.
La diferencia semántica es crucial. No se trata solo de un matiz lingüístico, sino de comprender la textura del carácter de Dios. Él es ciertamente “kadosh” (santo, separado), pero también es “hosios” (fiel en amor, misericordioso). Así, la justicia de Dios no puede entenderse solamente desde un prisma legalista y distante, sino que debe contemplarse a la luz de Su fidelidad amorosa. Dios no es un juez frío y distante; es el Dios que sostiene Su relación con Su pueblo por medio de una fidelidad inquebrantable.
2. La Justicia Divina como Fidelidad: Rectitud, Integridad y Coherencia Interna
La Escritura a menudo habla de la justicia de Dios. ¿Qué entendemos por “justicia divina”? Con demasiada frecuencia, se reduce esta noción a la idea de castigo del pecado, ira o juicio. Si bien estos aspectos no están ausentes, la justicia de Dios en la Biblia es algo mucho más amplio y profundo. Más que una fría imposición de normas, la justicia divina es la integridad misma de Dios, la coherencia entre lo que dice y lo que hace, la fidelidad a Sus promesas y Su carácter. Dios es recto porque es totalmente consistente consigo mismo.
En este sentido, la justicia divina está íntimamente relacionada con el concepto de “hosios” entendido como “jesed”. En las Escrituras, Dios hace promesas, establece pactos, llama a un pueblo, y lo hace no solo por conveniencia, sino por amor fiel. La justicia implica que Dios cumplirá Su palabra, no abandonará a quienes ha elegido, y se mantendrá íntegro en todas Sus acciones. La justicia no es una mera característica legal, sino la certeza de que Dios no se contradice. Como dice el salmista: “Él es la Roca, su obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud” (Deut. 32:4). Esta rectitud vas más allá de su justicia punitiva, tiene que ver con la certeza de que Dios no engaña, no miente, no tuerce la verdad.
Cuando entendemos la justicia de esta manera, vemos que se convierte en una fuerza redentora. La fidelidad de Dios a Su propio Hijo Jesucristo, a Su Espíritu y, por ende, a Su plan de salvación es el cimiento sobre el cual los creyentes se benefician. ¿Por qué somos justificados por la fe en Cristo (Rom. 5:1)? Porque la justicia de Dios es fidelidad a la promesa de redención; es Su compromiso de hacer lo que dijo que haría: salvar a Su pueblo por medio de Su Ungido. Como señaló el apóstol Pablo, Dios “es justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Rom. 3:26). La justicia divina, lejos de ser un obstáculo, es la garantía de que Su gracia es real, sólida, confiable y coherente.
La rectitud de Dios no varía ni oscila. Su fidelidad es inquebrantable. No es un ser caprichoso que hoy nos ama y mañana nos abandona. Por el contrario, Su justicia es la fuerza que asegura la constancia de Su amor leal, Su hosios (jesed), hacia nosotros en Cristo.
La comprensión de “hosios” como expresión de “jesed” y la visión de la justicia divina como fidelidad coherente con la propia identidad de Dios encuentran un eco especialmente claro en el Nuevo Testamento. Efesios 4:24 se convierte en un pasaje clave para esta perspectiva. Allí leemos:
“y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en justicia (δικαιοσυνη, dikaiosýne) y santidad (οσιοτητι, osiotēti) de la verdad (αληθειας, alētheias).”
Tradicionalmente, muchos han entendido “justicia” (dikaiosýne) y “santidad” (osiotēti) en un sentido meramente moral o ritual, y la “verdad” (alētheia) como una noción intelectual. Sin embargo, al recuperar el sentido que hemos defendido —donde “hosios” se acerca más a la idea de “jesed” (fidelidad amorosa, misericordia leal) que a “kadosh” (santidad separada)—, este versículo adquiere una dimensión más relacional y coherente con el carácter de Dios y la identidad del creyente en Cristo.
Dikaiosýne (Justicia): Esta palabra, en el contexto que hemos planteado, se entiende mejor no como una justicia meramente legal o externa, sino como rectitud, integridad, coherencia interna entre lo que se dice y lo que se hace. Es la “fidelidad a la relación” que mantiene Dios consigo mismo y, en Cristo, con nosotros. La justicia divina es la demostración de que Dios es absolutamente fiable, coherente, sin doblez ni contradicción. Al vestirnos del nuevo hombre “según Dios”, asumimos esta justicia que no es simple virtud moral, sino reflejo de la fidelidad divina que mantiene Su palabra y Su compromiso redentor.
Osiotēti (Hosios, aquí en forma sustantivada): El término griego traducido habitualmente como “santidad” en este versículo está íntimamente relacionado con “hosios”, y por ende con la idea hebrea de “jesed”. No se trata de la santidad entendida como “kadosh” (separación radical), sino de la misericordia fiel, la lealtad amorosa. El “nuevo hombre” no solo es justo en el sentido de coherente con la verdad, sino que también manifiesta la misericordia fiel de Dios. Vestirse del nuevo hombre es impregnarse de la misma compasión y lealtad relacional que caracterizan la obra redentora de Dios. Así, la “santidad” aquí no describe una distancia inalcanzable del pecador, sino una cualidad relacional derivada del compromiso amoroso de Dios hacia su pueblo.
Alētheia (Verdad): La “verdad” en la Escritura no es una noción meramente cognitiva o intelectual; es fidelidad, confiabilidad, firmeza. Cuando Jesús se describe a sí mismo como “la Verdad” (Jn. 14:6), no solo proclama ser un depósito de información correcta, sino la Persona en quien la realidad de Dios y la relación con Él son absolutamente genuinas y sin engaño. La verdad bíblica es profundamente relacional, significa que lo que Dios promete es lo que Dios cumple, que en Él no hay doblez ni mentira. Por ello, “la verdad” en Efesios 4:24 apunta a la confiabilidad relacional, al carácter fiel del Dios que establece un vínculo con nosotros en Cristo.
Entender Efesios 4:24 bajo esta perspectiva relacional arroja una luz muy distinta sobre el texto. Vestirse del “nuevo hombre” es entrar en la esfera de la coherencia divina (justicia), de la fidelidad misericordiosa (hosios/osiotēti) y de la verdad entendida como confiabilidad. Es participar, por la fe en Cristo, de la propia identidad relacional de Dios. Significa que al ser creados “según Dios” hemos sido formados en estas virtudes que no son simples estándares éticos, sino expresión del carácter fiel y redentor de nuestro Creador.
En Cristo, Dios se ha mostrado absolutamente fiel a Su propia identidad y a las promesas que había hecho a Su pueblo a lo largo de la historia. Esta coherencia interna, esta integridad entre el decir y el hacer, es el fundamento sobre el cual somos nueva creación. Nuestra justificación no es, por tanto, un mero cambio de estatus legal, sino la incorporación a la vida coherente, misericordiosa y veraz de Dios. Así, la justicia (dikaiosýne) no es una simple regla moral, sino la rectitud relacional; la santidad (osiotēti) no es mero aislamiento, sino lealtad compasiva; y la verdad (alētheia) no es información abstracta, sino fidelidad, consistencia, confiabilidad.
Desde esta óptica, Efesios 4:24 se convierte en un versículo que afirma la esencia relacional de nuestra fe. Quien es Dios en Su integridad, en Su misericordia y en Su fidelidad, es la base de lo que somos como nuevas criaturas. Hemos sido creados en Cristo conforme a estos atributos divinos, para reflejar la coherencia interna de Dios, Su amor leal y Su firmeza confiable. De esta manera, la “justicia, la santidad y la verdad” no se entienden como estándares inalcanzables, sino como dimensiones relacionales en las que participamos porque Dios, siendo fiel a Sí mismo, nos ha injertado en Cristo, el Hijo amado en quien la plenitud del carácter divino se revela y se comparte con nosotros.
3. Hosios, Jesed y la Obra Redentora de Cristo: Justicia que Salva y Restaura
La manifestación más clara de la justicia redentora de Dios se encuentra en la persona y obra de Jesucristo. En el Evangelio, vemos cómo el Padre muestra Su fidelidad (Su hosios/jesed) a la humanidad caída, cumpliendo las promesas del Antiguo Testamento. La resurrección de Cristo, después de la cruz del Calvario, se convierte en el punto culminante donde la justicia divina —entendida como rectitud, fidelidad y coherencia— se hace plenamente visible.
¿Cómo se relaciona esto con el concepto de hosios entendido como jesed? Recordemos que jesed implica amor leal, compromiso inquebrantable con el bienestar del otro dentro de un marco de pacto. Cristo vino a dar Su vida y vencer a la muerte por la Iglesia, Su esposa (Ef. 5:25-27). Esto no fue un acto aislado, sino la culminación de la fidelidad divina a las promesas hechas a Abraham, Isaac, Jacob y al pueblo de Israel, promesas que encuentran su plenitud en el Mesías. La justicia de Dios es leal a sí misma: Dios no cambia, no se echa atrás. Desde la eternidad, Él había determinado rescatar a Su pueblo. Jesús, el Hijo de Dios, es la encarnación de esa fidelidad. Él mismo es la manifestación más alta del hosios divino, la expresión viviente del amor leal de Dios.
Al participar de Cristo, los creyentes se benefician de esta justicia fiel y amorosa. Como dice Pablo: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Rom. 8:1). ¿Por qué no hay condenación? Porque la justicia de Dios, en lugar de ser un rigor distante e impersonal, es la ratificación de Su amor y fidelidad. Cristo ha cumplido en Su persona todo lo necesario para que la gracia de Dios reine por medio la justicia divina (Romanos 5.21). Esto es coherente con el carácter de Dios: Él no traiciona Su naturaleza. Habiendo prometido la redención, la llevó a cabo, cumpliendo Su palabra sin desmentir Su rectitud.
La obra redentora de Cristo, por tanto, no es un “apaño” a última hora, ni un acto que contradice la santidad de Dios. Más bien, es la expresión más suprema de la justicia de Dios como fidelidad a sí mismo. Dios no dejó de ser santo (kadosh) ni justo para salvarnos, sino que, siendo plenamente kadosh, manifestó Su hosios (jesed) para cumplir Su palabra redentora. La santidad se mantuvo intocable, y la justicia se manifestó en forma de rescate amoroso. De este modo, queda patente que la ira divina no es la meta, sino un efecto colateral sobre aquellos que, al rechazar a Cristo, se oponen a la esencia misma de la justicia fiel y redentora de Dios. La ira es el resultado de oponerse al actuar de la fidelidad de Dios que tiene como proposito la redención (Rom 1.18).
Un claro ejemplo de la relevancia de entender “hosios” como misericordioso (vinculado a “jesed”) en lugar de santo (kadosh) se ve en el uso del término en pasajes del Nuevo Testamento que citan el Salmo 16:10. Allí, el texto hebreo emplea el término “jasid” (חָסִיד), que se refiere al “fiel” o “misericordioso”, aquel que encarna la lealtad amorosa de Dios. En Hechos 2:27 y 13:34-35, al citar este salmo, la referencia a Cristo como el “Santo” que no verá corrupción se torna más rica si entendemos “hosios” no solo como una cualidad moral aislada, sino como encanación de la fidelidad misericordiosa de Dios. Esto resalta que Cristo es el fiel depositario de la bondad leal de Dios, y no simplemente un ser apartado con distancia reverencial. El mismo matiz se aplica a Hebreos 7:26, donde la descripción del sumo sacerdote perfecto (Cristo) es aún más penetrante si lo vemos como Aquel cuya misericordia fiel caracteriza Su relación con los suyos.
De igual manera, en Apocalipsis 15:4 y 16:5, cuando se declara la “santidad” de Dios usando términos relacionados con hosios, comprenderlo como misericordia fidelísima ilumina la escena: Dios no es solo el separado intocable, sino el Dios cuya misericordia y fidelidad definen Su justicia y Su obrar con Su pueblo. Estos pasajes, reentendidos en clave relacional, nos muestran una figura divina y cristológica enfocada en la lealtad amorosa y la misericordia, antes que en un concepto abstracto de santidad distante.
En el Apocalipsis, la dimensión relacional y misericordiosa de Dios cobra especial relevancia: aquellos que le pertenecen, es decir, los beneficiarios del Dios misericordioso, contemplan la consumación de su esperanza. Cuando leemos, por ejemplo, en Apocalipsis 15:4 y 16:5 la declaración de la “santidad” (en el sentido de la fidelidad misericordiosa, hosios) de Dios, podemos comprender que esta misericordia no es meramente contemplativa, sino dinámica. La visión apocalíptica muestra al Dios fiel y leal actuando finalmente en favor de Sus redimidos, cumpliendo las promesas hechas a Su pueblo, vindicando su sufrimiento y estableciendo la plenitud de Su justicia relacional. Sin embargo, esta restauración misericordiosa, precisamente por ser coherente con la fidelidad de Dios a Sus elegidos, conlleva un efecto colateral: quienes se oponen al plan redentor, resistiendo Su misericordia y rechazando la fidelidad divina, experimentan el “daño” de su propia negativa, enfrentándose con las consecuencias de distanciarse del ámbito relacional que Dios ofrece. Así, la misericordia operante de Dios en Apocalipsis no solo infunde esperanza en Sus hijos, sino que, inevitablemente, pone de relieve el destino trágico de quienes se obstinan en rechazar Su bondad.
4. La Ira como Efecto Colateral: Aquellos que se Oponen a la Justicia Redentora
Al considerar la ira divina, debemos recordar que Dios no es un ser movido por el odio gratuito o la malicia arbitraria. La ira de Dios, en el marco de Su justicia fidelísima, se entiende mejor como la consecuencia natural sobre aquellos que se resisten a Su oferta de gracia. Si la justicia de Dios es fidelidad, amor leal, rectitud y coherencia, entonces quienes se oponen a esta justicia se posicionan como enemigos del Señor, fuera de la relación que Dios ha establecido consigo mismo, con Su Hijo y con Su Espíritu.
La Escritura es clara: “El que no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él” (Jn. 3:36). Esta ira no es la esencia primordial de la justicia divina, sino la reacción colateral frente a la incredulidad y a la opisición. Cuando alguien rechaza el amor leal (jesed) que Dios ofrece en Cristo, se aparta del ámbito de la justicia redentora. No es que Dios se complazca en la destrucción; más bien, quienes rechazan a Cristo optan por la no-participación en la fidelidad divina. Dios, siendo íntegro, no puede validar ni respaldar aquello que contradice Su justicia amorosa.
La ira, pues, no es la razón de ser de Dios; Su esencia es amor fiel y justicia redentora. La ira es el resultado de la libre decisión del ser humano de colocarse en oposición a la gracia. Por ello, es importante recalcar que la Palabra muestra a Dios como “tardo para la ira y grande en misericordia” (Sal. 103:8). La misericordia —la fidelidad amorosa que en griego la LXX expresa con hosios— es primaria; la ira es secundaria, surge cuando se oponen con rebeldía a Su oferta. Los creyentes que están en Cristo disfrutan de la justicia como cobertura, seguridad, paz y restauración, mientras que quienes rechazan y se oponen a la actividad redentora de Cristo enfrentan la ira como consecuencia natural de su negativa a entrar y oponerse en la esfera de la gracia y la fidelidad divina.
5. Implicaciones Prácticas: Vivir a la Luz de la Justicia Fiel y Redentora de Dios
¿Cómo impacta todo esto nuestra vida cotidiana como creyentes? Si comprendemos que la justicia de Dios es Su fidelidad, Su hosios/jesed, Su coherencia interna, entonces el temor servil y la inseguridad ante Dios pueden desvanecerse. Vivir bajo el paraguas de la justicia divina significa tener la seguridad de que Dios no faltará a Su palabra. Significa poder descansar en la certeza de que, así como Él ha sido fiel a Su propio Ser en Cristo, lo será con nosotros, que estamos en Su Hijo.
Seguridad en la gracia: Saber que Dios no cambia, que Su justicia no se tambalea, nos infunde paz. “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom. 8:31). La integridad de Dios garantiza que nada nos separará de Su amor en Cristo.
Confianza en la oración: Podemos acercarnos a Dios con libertad, sabiendo que Su justicia redentora no se desvía. Sus promesas son fieles. Cuando oramos, no suplicamos a un juez indiferente, sino a un Padre fiel que cumple Su palabra (1 Jn. 5:14-15).
Servicio al prójimo: Comprender que la justicia divina no es una abstracción legal, sino una fidelidad amorosa, nos motiva a actuar con el mismo amor. Si somos beneficiarios de la fidelidad divina, estamos llamados a extender esa fidelidad, misericordia y rectitud hacia otros. Amar, servir, ser honestos y coherentes en nuestras relaciones.
Perseverancia en la fe: Frente a las pruebas, la justicia de Dios nos sostiene. Él no nos deja abandonados a la deriva. Su integridad nos asegura que lo que ha comenzado en nosotros lo perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Fil. 1:6).
Evitar la desesperanza: Si la ira es solo un efecto colateral ante la negativa de recibir la gracia, nosotros que hemos abrazado a Cristo no tenemos por qué temer la ira de Dios. La justicia divina está de nuestro lado, sanando, restaurando y guiando. Esto elimina la imagen distorsionada de un Dios iracundo y nos invita a ver a Dios como Aquel que es fiel a Su pacto con nosotros.
La comprensión correcta de “hosios” como jesed y no como kadosh nos brinda una visión más rica de la justicia divina. No se trata de diluir la santidad de Dios, sino de ubicar cada aspecto en su debido lugar. Dios sigue siendo kadosh, totalmente otro, pero Su relación con nosotros (expresada en hosios/jesed) muestra que Su justicia es algo más que imposición de normas: es una fuerza redentora y transformadora que se funda en Su fidelidad interna.
Conclusión
Hemos recorrido un sendero teológico complejo, pero sumamente enriquecedor. Iniciamos cuestionando la comprensión del término “hosios” en la LXX, y argumentamos que esta palabra, a diferencia de lo que el legado del griego clásico o la Vulgata podrían sugerir, nunca debe entenderse en línea con “kadosh” (santidad separada). En la LXX, “hosios” se alinea con la idea hebrea de “jesed”: fidelidad amorosa, misericordia leal, devoción firme. Esta distinción es más que una cuestión lexical; afecta profundamente nuestra comprensión del carácter de Dios y de Su justicia.
A lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento, vemos que la justicia divina no es meramente retributiva o punitiva. Por el contrario, es la manifestación de la integridad de Dios, de Su coherencia interna, de la armonía entre Sus palabras y Sus acciones. Dios no puede contradecirse a Sí mismo; por ello, Su justicia implica el fiel cumplimiento de Sus promesas de redención. En Cristo, esta justicia se revela como un acto redentor, restaurador, que libera a los creyentes de la condenación. La cruz no es un lugar donde la justicia se opone al amor, sino donde ambas virtudes divinas se encuentran en perfecta armonía, porque la justicia de Dios es fiel consigo misma y, en consecuencia, fiel a nosotros en Cristo.
La ira divina, por su parte, se comprende como una consecuencia colateral. Dios no se deleita en la destrucción ni en el castigo; Su ira permanece sobre quienes rechazan Su oferta de fidelidad redentora. La justicia divina mantiene su integridad: no puede forzar al ser humano a aceptar la gracia, y quienes se cierran a ella se apartan voluntariamente del ámbito de Su hosios/jesed. Pero para aquellos que están en Cristo, la justicia de Dios es un cimiento sólido, una promesa inquebrantable de gracia y restauración.
Aplicar estas verdades a la vida cristiana nos llena de esperanza y confianza. Podemos vivir sin temor, con la certeza de que Dios no se retractará. Su fidelidad es la base de nuestra identidad como creyentes, nuestra fuente de seguridad en medio de las tormentas, nuestro impulso para amar y servir a los demás con integridad. Podemos orar con confianza, perseverar en la fe y reflejar la fidelidad divina a nuestro prójimo, sabiendo que la justicia de Dios no es una amenaza sobre nosotros, sino una promesa que nos sostiene.
La próxima vez que nos encontremos con el término “hosios” en la LXX, recordemos que no está apuntando a la idea griega clásica o latina de santidad entendida como “kadosh”, sino a la noción hebrea de jesed: amor leal, misericordia firme, fidelidad inquebrantable. Esta verdad ilumina no solo la manera en que leemos la Escritura, sino también cómo nos relacionamos con el Dios justo, quien, en Su rectitud, ha escogido redimirnos y hacernos partícipes de Su integridad eterna. Su justicia, por ende, es el fundamento de nuestra paz, una justicia que restaura, que libera y que nos invita a sumergirnos con gozo en la abundante gracia que fluye de Su inagotable fidelidad.
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