Cristo, el Propiciatorio: Redención, Justicia y Exaltación en Romanos 3:25

> “A quien Dios exhibió públicamente como propiciatorio, por la sangre, mediante la fe, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados.”

— Romanos 3:25 (traducción propuesta) 


1. El corazón del versículo: una lectura teológica

Romanos 3:25 ha sido por siglos un pilar en la doctrina de la justificación. Sin embargo, su interpretación ha sido profundamente marcada por presupuestos occidentales que priorizan una visión jurídica de la salvación. Este ensayo propone una lectura centrada en la fidelidad de Dios, en el rol de Cristo como el nuevo lugar de encuentro (propiciatorio), y en la adoración que brota del acceso glorioso al Padre. Desde esta perspectiva, exploramos cinco conceptos claves en el versículo: hilastērion, por la sangre, redención, justicia, y manifestación.
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2. Hilastērion: Cristo, el Propiciatorio celestial
La palabra griega ἱλαστήριον (hilastērion) aparece en este pasaje y ha sido traducida tradicionalmente como “propiciación”. Sin embargo, su uso veterotestamentario y neotestamentario apunta a otra realidad. En la Septuaginta (LXX), hilastērion traduce el hebreo kapporet (כַּפֹּרֶת), la cubierta del arca del pacto, conocida como el propiciatorio (cf. Éxodo 25:17, Levítico 16:14).
En el Día de la Expiación, el sumo sacerdote rociaba sangre sobre ese lugar como señal del acceso a la presencia de Dios. Es decir, el hilastērion no es el sacrificio, sino el lugar de encuentro donde se efectúa la reconciliación. Pablo toma este símbolo y lo aplica a Cristo: Cristo es ahora ese lugar santo donde el cielo y la tierra se abrazan.
Esta lectura es confirmada por Hebreos 9:5:
> “...los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio...”
Y por teólogos como N. T. Wright, quien declara:
> “Cristo mismo, en su resurrección y entronización, se ha convertido en el nuevo templo, el nuevo lugar de encuentro entre Dios y el hombre.”
(Paul and the Faithfulness of God, vol. 2, p. 934)
Por tanto, no es correcto traducir hilastērion como propiciación (acto), sino como propiciatorio (lugar). Cristo, glorificado, es el acceso, el altar celestial, el verdadero santuario viviente.
Sublevación explicativa: katharízō, la purificación sacerdotal y la glorificación del cuerpo
La palabra griega que se traduce como “purificar” en Isaías 53:10 LXX es καθαρίσαι (aoristo infinitivo de καθαρίζω). Este verbo tiene una fuerte connotación sacerdotal en la Septuaginta. No solo se utiliza para referirse a la limpieza de personas o inmuebles contaminados por el pecado, sino también para describir la purificación de los objetos sagrados en el tabernáculo y, de manera especial, la purificación requerida para la consagración de los sacerdotes (cf. Éxodo 29; Levítico 8:6, 30; Números 8:6–7).
Así, cuando Isaías 53:10 LXX dice que “el Señor quiso purificarlo de la plaga”, no habla de un castigo, sino de un acto de preparación sacerdotal. El Mesías es purificado no porque haya pecado, sino porque su cuerpo humano, aunque sin mancha, necesitaba ser transformado y preparado para ejercer su sacerdocio celestial. Esta purificación se realiza en su resurrección. Allí, su cuerpo es glorificado, no dejando de ser humano, pero convertido en un cuerpo espiritual y celestial, capaz de vivir en la esfera de lo eterno, en plena comunión con el Padre.
Pablo lo confirma en Romanos 6:9–10:
> “Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de Él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive.”
Y también en 1 Corintios 15:42–44:
> “Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucita en incorrupción... se siembra cuerpo natural, resucita cuerpo espiritual.”
Este cuerpo glorificado de Cristo es el que entra al cielo como Sumo Sacerdote (Hebreos 9:24), presenta su sangre (su vida fiel y obediente), y abre el camino al propiciatorio verdadero, purificado ahora por su presencia resucitada. Así, Cristo fue purificado para ministrar en el ámbito celestial, y esta glorificación anticipa el destino del pueblo de Dios.
Filipenses 3:20–21 lo afirma con poder:
> “...esperamos al Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya...”
Esta esperanza vincula íntimamente la purificación del Mesías con la transformación futura de su pueblo: lo que fue hecho en Él como primicia, será completado en nosotros cuando Él regrese. Y mientras tanto, adoramos ya delante del Trono de la Gracia, en el Espíritu, sostenidos por el ministerio sacerdotal del Cristo resucitado.
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3. Por la sangre: no un fluido, sino una vida glorificada
La expresión “por la sangre” (διὰ τῆς πίστεως ἐν τῷ αὐτοῦ αἵματι) no se refiere únicamente a la sangre derramada en la cruz. En la carta a los Hebreos, “sangre” no representa solo el líquido vital, sino la vida ofrecida, victoriosa, resucitada, indestructible y presentada en los cielos.
> “No por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.”
— Hebreos 9:12
La sangre de Cristo en Hebreos es el signo de una vida fiel hasta la muerte, que ahora se presenta como intercesora y gloriosa. Como lo expresa Richard Gaffin Jr.:
> “La sangre de Cristo representa su obediencia culminada en su resurrección y exaltación; es sangre viviente, no solo derramada.”
(Resurrection and Redemption, p. 133)
Así, “por la sangre” en Romanos 3:25 significa un punto de inicio que implica: por medio de su encarnación, su obediencia fiel, su entrega, su resurrección, su ascensión y su entronización, el Cristo glorificado abre el acceso al propiciatorio celestial.
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4. Redención: regreso al Padre
El texto también afirma que en este acto glorioso ocurre una redención (ἀπολύτρωσις). No se trata solo de ser liberados del pecado, sino de ser llevados de vuelta al hogar del Padre, como enseña Hebreos 2:10:
> “...convenía a aquel... llevar a muchos hijos a la gloria.”
La redención no es solamente “rescate”, sino restauración plena: el pueblo vuelve a estar ante el trono de Dios, en comunión, adoración y paz. En Hebreos 9:15 se afirma que Cristo murió:
> “...para que los llamados reciban la promesa de la herencia eterna.”
La redención no termina en el perdón: culmina en el regreso. Cristo, como nuevo Moisés, nos conduce no solo fuera de la esclavitud, sino dentro del lugar santísimo.
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5. Justicia: fidelidad redentora de Dios
Pablo dice que todo esto ocurrió “para manifestar su justicia”. La palabra griega es δικαιοσύνη (dikaiosynē), y no significa justicia retributiva o distributiva, sino la fidelidad de Dios a su pacto. Es el cumplimiento de sus promesas de restaurar a su pueblo, no por mérito humano, sino por misericordia.
Gerhard von Rad lo explica así:
> “La justicia de Dios es su fidelidad activa a la relación que él mismo ha establecido con su pueblo.”
(Old Testament Theology, vol. 1, p. 373)
Cuando Dios presenta a Cristo como propiciatorio, está siendo justo porque está cumpliendo su promesa de restauración. Es el mismo sentido de Isaías 45:21:
> “...un Dios justo y salvador; no hay otro fuera de mí.”
Y es lo que Pablo reafirma en Romanos 3:26:
> “...para que él sea justo, y el que justifica al que tiene fe en Jesús.”
La justicia de Dios es la coherencia entre sus dichos y sus actos, su fidelidad para salvar a los que claman a Él.
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6. Manifestación: Cristo exaltado públicamente
La frase “a quien Dios exhibió públicamente” traduce el griego προέθετο (“propuso”, “presentó”) y se relaciona con la idea de manifestar (φανερόω, phaneroō). Esta palabra en el Nuevo Testamento nunca se refiere a algo simplemente visible físicamente, sino a una revelación gloriosa, con propósito divino.
En Colosenses 3:4:
> “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.”
Y en 1 Timoteo 3:16:
> “Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto por los ángeles…”
Por tanto, la exhibición pública de Cristo no se refiere a su crucifixión en sí, sino a su resurrección, ascensión y exaltación en los cielos. Es allí donde Dios lo proclama Mesías, Sumo Sacerdote y Rey (Hebreos 1:3, Filipenses 2:9-11, Salmo 110:1). En ese sentido, la exaltación es la verdadera revelación gloriosa del Hijo.
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7. Adoración: el fruto del encuentro
Todo lo anterior desemboca en un propósito mayor: la adoración verdadera. Cristo como propiciatorio no solo reconcilia, abre el acceso al culto celestial. Hebreos 10:19-22 declara:
> “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, acerquémonos…”
El resultado de la purificación y la redención es una comunidad adoradora, que canta, clama, intercede y vive ante el trono. No somos solo salvos del pecado, somos traídos a la Presencia.
8. La paciencia de Dios: “Pasar por alto” como expresión de su longanimidad
La segunda parte de Romanos 3:25 declara que Dios exhibió públicamente a Cristo como propiciatorio “a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados”. Esta afirmación no implica tolerancia indiferente ni encubrimiento de la injusticia, sino que expresa el corazón misericordioso de Dios, quien en fidelidad a su pacto, soportó con paciencia los pecados del pueblo hasta el tiempo de la manifestación de su justicia en Cristo.
La expresión “haber pasado por alto” (πάρεσιν) se refiere a una suspensión deliberada del juicio, no a una absolución definitiva. Dios contuvo su juicio, no por debilidad, sino porque su carácter es profundamente paciente y misericordioso, como Él mismo se reveló a Moisés:
> “¡El SEÑOR, el SEÑOR! Dios compasivo y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y fidelidad, que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado...”
— Éxodo 34:6–7
Esta misma descripción es repetida intencionalmente en varios textos del Antiguo Testamento (cf. Números 14:18; Salmo 86:15; Nehemías 9:17; Joel 2:13), consolidando la identidad de Dios como el que es “tardo para la ira” y “abundante en misericordia”. En el griego de la Septuaginta, estas expresiones se traducen con los términos μακροθυμία (longanimidad) y πολυέλεος (abundante en misericordia), ambos implicados en la idea de Romanos 3:25.
Pablo retoma este atributo divino —la longanimidad— para explicar que Dios no ejecutó juicio total sobre el pecado en generaciones pasadas porque esperaba el momento en que, por medio de Cristo, la justicia restauradora sería revelada. Como dice 2 Pedro 3:9:
> “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente (μακροθυμεῖ) para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca...”
Por tanto, lo que Pablo llama aquí “pasar por alto en su paciencia” es una acción coherente con el carácter divino revelado en el Antiguo Testamento: un Dios que no anula su justicia, pero la sostiene en fidelidad y misericordia hasta que pueda manifestarla plenamente en Cristo.
Y es precisamente en Cristo —el propiciatorio viviente, purificado y glorificado— donde esta paciencia llega a su clímax: el Dios que fue lento para la ira, ahora revela su justicia al justificar al que tiene fe en Jesús (Romanos 3:26). La longanimidad no fue debilidad, sino fidelidad. No fue olvido del pecado, sino espera activa de la restauración prometida.
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Conclusión
Romanos 3:25 no presenta a Cristo como una víctima que apacigua ira, sino como el nuevo Propiciatorio, el lugar celestial donde Dios se encuentra con su pueblo. “Por la sangre” indica no un líquido en la cruz, sino la vida gloriosa de Cristo presentada en el cielo. La redención no es solo rescate, sino el regreso de los hijos al Padre. La justicia de Dios no es castigo, sino fidelidad. Y la manifestación de Cristo no ocurrió en el Gólgota, sino en su exaltación como Señor y Rey.
Aquí, en el lugar santísimo, en el trono de la gracia, adoramos. Porque Cristo ha sido revelado como el acceso, el camino y la vida.

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